El estudiante, el pez y Agassiz

Esta anécdota es un recurso valioso para todo aquel interesado en el estudio de la Biblia, pues demuestra la importancia de aprender a observar. ¡Disfruta de la lectura!

Un haemulon

La siguiente historia la leímos junto con nuestro maestro en la clase de hermenéutica, y es muy útil para todo aquel que esté interesado en el estudio de la Escritura. Antes de poder adentrarnos de lleno en lo que es el primer paso de ésta – la observación – creo conveniente compartir esta anécdota que nos ayudará a valorar más el proceso de observar. Es una lectura bastante larga, por lo que sugiero que tengas una taza de té al lado 🙂 (sí, té; no soy muy fan del café, pero si lo prefieres, adelante 😉 ).


 

Hace ya unos 15 años que entré en el laboratorio del Profesor Agassiz y le informé que me había inscrito en la facultad científica como estudiante de historia natural. Me hizo unas cuantas preguntas en cuanto a mi propósito en venir, mi trasfondo en general, y el modo en que yo pensaba usar el conocimiento que tal vez adquiriría, y finalmente, si deseaba yo estudiar en un campo específico. A eso le dije que aunque “— me quería informar generalmente en todos los departamentos de la zoología, me proponía dedicarme en especial a los insectos”. — “¿Cuándo quiere comenzar?” me preguntó.

—“Ahora” respondí.

Esto pareció agradarle y con un enérgico “muy bien”, alcanzó detrás de un estante una jarra grandísima de espécimen en un alcohol amarillo.

—“Tome este pez” dijo, —“y obsérvelo; lo llamamos un Haemulon; luego pasaré a preguntar lo que ha visto”.

Con eso me dejó, pero en un momento regreso con instrucciones explícitas en cuanto al cuidado del objeto dejado a mi responsabilidad.

—“Nadie merece ser naturalista si no sabe cómo cuidar del espécimen”.

Tenía que mantener el pez en frente de mí en una bandeja de lata, y de vez en cuando mojar la superficie con el alcohol de la jarra, siempre tomando cuidado de devolver el tapón y apretarlo en la jarra. Estos no eran los días de tapones de vidrio, y de jarras elegantemente formadas. Todos los antiguos estudiantes se recordarán de aquellas grandes botellas con sus corchos manchados con cera, medio comidos por los insectos y sucios del polvo continuo. La entomología (estudio de los insectos) era una ciencia más limpia que la ictiología (estudio de los peces), pero el ejemplo del profesor que sin pensar introducía la mano y el brazo al fondo de un jarrón para sacar un pez era contagioso; aunque este alcohol tenía un olor muy antiguo de peces viejos yo no me atrevía a mostrar aversión dentro de estas paredes sagradas, y trataba el alcohol como si fuera agua pura. Pero, aun yo estaba conciente de midesánimo, porque el observar este pez en verdad no era para animar a un ardiente entomólogo. Mis amigos en casa, también, se disgustaban cuando descubrieron que ninguna cantidad de “eau de cologne” ahogaría el perfume que me seguía como mi sombra.

En 10 minutos había visto todo lo que se podía ver en este pez y comencé a buscar al profesor, quien se había ido al museo; y cuando regresé después de quedarme viendo unos animales viejos en un cuarto arriba, mi espécimen estaba totalmente seco. Tiré el alcohol encima como para resucitarlo de los muertos y miré ansiosamente para ver si regresaba a una apariencia normal y desalineada. Al pasar esta emoción, no había nada qué hacer más que regresar a la observación de mi compañero mudo. Media hora, una hora, otra hora; y el pez se veía aborrecible. Le di vuelta; lo miré cara a cara, horrible; detrás de, debajo de, encima, de lado, y a un panorama de tres cuartos… siempre asqueroso. Estaba desesperado y pronto concluí que ya era tiempo para el almuerzo. Con alivio infinito regresé el pez a la jarra y por una hora estaba libre.

Haemulon flavolineatum

Al regresar, me di cuenta de que el profesor Agassiz había estado en el museo pero se había ido y no regresaría por unas horas. Mis compañeros de estudio estaban demasiado ocupados para hablar conmigo. Despacio saqué ese espantoso pez y con una emoción de desesperación comencé a observarlo. No podía usar ningún vidrio de aumento. Todo instrumento se prohibía. Mis dos ojos, mis dos manos y el pez. Me parecía un campo muy limitado. Metí mis dedos en su garganta para ver el filo de sus dientes. Comencé a descubrir nuevos elementos en la criatura. En eso regresó el profesor.

—“Muy bien”, me dijo, “un lápiz es uno de sus mejores ojos. Me alegro notar también que su espécimen está mojado y la botella tapada“.

Con estas palabras de estímulo añadió… —“Bueno, ¿cómo le va?

Me escuchó con atención a mi breve repaso de la estructura del pez cuyos nombres ignoraba: Las agallas con sus pestañas y su opérculo movible, los poros de la cabeza, los labios grandes, y los ojos sin pestañas, las líneas laterales, la aleta espinosa y la cola bifurcada, el cuerpo en forma de arco comprimido. Cuando terminé, él esperó un poco como si quisiera oír más, entonces, con un suspiro desanimado dijo:

—“No ha observado muy cuidadosamente, y con más fervor, ni ha visto uno de los factores más predominantes del animal que está delante de sus propios ojos. Mire otra vez, ¡observe más!” Y me dejó a mi dolor.

Yo estaba algo enojado, humillado. ¿Más de este asqueroso pescado? Pero ahora me dediqué al trabajo con toda mi voluntad, y descubrí una y otra cosa nueva, y más y más hasta que vi la justicia de la crítica del profesor. La tarde pasó rápidamente y al final el profesor preguntó: —“¿Lo ve ya?

—“No, estoy seguro que no, pero voy cerca y veo más que antes”.

—“Eso es lo mejor,” dijo con energía, “pero no oiré sus observaciones ahora; guarde el pez y váyase a la casa; tal vez me tendrá una mejor respuesta en la mañana”.

Esto me desconcertó. No sólo tenía que pensar en mi pez toda la noche, estudiándolo sin tenerlo en frente para encontrar este elemento visible pero desconocido, pero también sin repasar mis nuevos descubrimientos, tendría que dar un relato exacto de ellos el día siguiente. Yo tenía una mala memoria y regresé a la casa distraído con mis dos problemas.

La bienvenida cordial del profesor en la mañana me aseguró de que aquí estaba un hombre que estaba tan deseoso como yo de ver que yo encontrara lo que él había observado.

—“¿Será posible que usted está pensando que el pez tiene costados simétricos con órganos en pares?

Estaba completamente alegre. —“¡Claro!, ¡claro!” Esto fue suficiente para pagarme las horas sin dormir durante la noche. Después de hablar entusiasmadamente, como solía hacer al hablar de la importancia de este punto, me atreví a preguntarle qué debía hacer ahora.

—“Bueno, sólo siga observando su pez” dijo, y me dejó otra vez. Dentro de menos de una hora regresó y escuchó mi catálogo de observaciones.

—“¡Bien, bien!” repetía, —“pero eso no es todo, siga adelante”. Así por tres largos días, él me presentaba ese pez delante de mis ojos, prohibiendo que mirara otra cosa, o de usar una ayuda artificial. “Mire, mire, mire” fue su repetida instrucción.

Esta fue la mejor lección entomológica que he recibido, una lección cuya influencia se ha extendido a los detalles de todo estudio que seguía, un legado que el profesor me ha dejado, como lo dejó a muchos otros; de valor inestimable, que no podríamos haber comprado, del cual no nos podemos separar.

Un año después, algunos de nosotros nos estábamos entreteniendo dibujando animales ridículos en la pizarra. Teníamos estrellamares bailarines, sapos en combate mortal, gusanos de dos cabezas, cangrejos majestuosos de río parados en sus colas con paraguas en sus manos, y peces grotescos con bocas abiertas y ojos que penetraban. El profesor entró poco después, y se divirtió como todos al ver nuestros experimentos. Miró a los peces.

Haemulones todos. El señor fulano los dibujó. Exacto; y aun hasta este día, si trato de dibujar un pez, siempre sale el mismo Haemulon.

El cuarto día, un segundo pez del mismo grupo lo puso al lado del primero, y me instruyó que notara las cosas parecidas y las cosas diferentes entre los dos; luego puso otro y otro, hasta que la familia entera estaba allí, y una gran cantidad de jarras cubría la mesa y los estantes alrededor; el olor había llegado a ser un perfume agradable, y aun hoy, la vista de un viejo, grande y carcomido corcho me traen memorias fragantes.

El grupo de esos peces se pudo observar y aunque estuviera disecando los órganos internos, preparando o examinando la estructura de los huesos, o la descripción de las varias secciones, el entrenamiento de Agassiz en el método de observar los datos y su arreglo ordenado, siempre se acompañaba con la exhortación de no estar satisfecho con solo eso.

Los datos en sí son cosas tontas” solía decir, “hasta que se aplican a una ley general”.

Al final de ocho meses y ahora casi con un poco de tristeza dejé a mis amigos los peces y me apliqué a los insectos; pero lo que recibí de esa experiencia ha sido de mucho más valor que los años de otras investigaciones de mi especialidad.

Imagen de Louis Agassiz

Louis Agassiz


Fuente: Appendix American Poems, Houghton, Osgood & Co., 1880

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